Introducción
Nos disponemos a meditar el Vía Crucis con un acto de fe, de esperanza y de caridad.
Jesucristo: creemos que Tú eres el Hijo de Dios, Dios como el Padre, Dios con nosotros que te has hecho hombre para nuestra salvación.
Jesucristo: esperamos en ti, nos apoyamos en tu vida, pasión, muerte y resurrección, confiamos en tu palabra que nos perdona y nos salva.
Jesucristo: abrimos nuestro corazón al amor que nos tienes, te queremos amar con todo nuestro ser y queremos ser testigos de tu amor.
Madre de Dios y Madre nuestra: ayúdanos como Maestra y Medianera.
Primera Estación
Jesús condenado a muerte
Te adoramos Cristo y te bendecimos, que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Dice el Evangelio:
“Y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran”
Mateo 27, 26
De esta manera, Pilato cede cobardemente a la presión de los sumos sacerdotes, los ancianos y del gentío manipulado.
Parece que Jesús nos mira interrogante: He dado de comer a los hambrientos. He curado a los enfermos de alma y de cuerpo. He resucitado a los muertos. He predicado el Reino de los Cielos. He perdonado a los pecadores. ¿Y tú me respondes así? ¿Me condenas a muerte?
Hoy estamos aquí para reparar nuestro pecado. Perdón, Señor. Tú lo sabes todo. Tú sabes que te amamos a pesar de nuestras debilidades.
Padre nuestro… Pequé, Señor pequé, tened piedad y misericordia de mí.
Segunda Estación
Jesús carga la Cruz
Te adoramos Cristo y te bendecimos…

Dice el Evangelio:
“Y terminada la burla, le quitaron el manto, le pusieron su ropa y lo llevaron a crucificar”.
Sí, terminada la burla del pretorio, cargan la Cruz sobre tu cuerpo ya extenuado por la flagelación.
¡Cuánto pesa la Cruz! Un grueso tronco de madera. ¡Cuánto pesa la Cruz! Es el peso de nuestro pecado que Cristo carga amorosamente sobre sus hombros. Y Jesús comienza a caminar —el Vía Crucis— lentamente, al límite de sus fuerzas, para culminar la obra de la Redención.
Él es el gran perdonador, quiere nuestra salvación. Va demostrando progresivamente que nos ama hasta el extremo.
Señor, te abrimos el alma para dejarnos amar por Ti, todo lo que Tú quieres amarnos, para amarte todo lo que Tú quieres que te amemos y para ser testigos de tu amor.
Padre nuestro… Pequé, Señor pequé…
Tercera Estación
Jesús cae por primera vez
Te adoramos Cristo y te bendecimos…

Señor: caes bajo el peso de la Cruz porque tu cuerpo está extenuado, no puedes más. Caes bajo el peso de la Cruz que es el peso del pecado del mundo y el mío propio ante la indiferencia de los que te rodean. Caes aplastado por la Cruz ante la burla de los que te rodean.
Se necesitan almas voluntarias que te levanten y te sostengan. Y las hay. Almas sacerdotales que viven como víctimas y sacerdotes; almas consagradas en la vida contemplativa que viven centradas en la oración y en la penitencia; personas seglares que viven su fe y dan testimonio coherente hasta el martirio.
Señor, aquí nos tienes. Hoy queremos ayudarte. No podemos permanecer indiferentes ante tanto sufrimiento.
Padre nuestro… Pequé, Señor pequé…
Cuarta Estación
Jesús encuentra a su Madre
Te adoramos Cristo y te bendecimos…

Una madre siempre está cerca del hijo, especialmente si sufre. Y la Virgen María es la mejor de todas las madres. Por eso, marcha cerca del Hijo camino del Calvario.
Es lógico, María se abre paso. Se acerca a su Hijo. Imaginamos el diálogo: “Hijo mío: Estás cumpliendo la voluntad del Padre, obedeciendo hasta la muerte y muerte de Cruz por la salvación de los hombres. ¡Ánimo! Está próxima la glorificación”.
Y el Hijo debió responder: “Madre mía —Mamá— gracias por tu presencia reconfortante y tu colaboración corredentora. Tú, que participas de mi pasión, participarás privilegiadamente de mi glorificación y serás asunta al Cielo en cuerpo y alma”.
María también camina junto a nosotros: Hijos míos, sed fieles a Cristo. Vivid en comunión con Él, dejando el pecado, permaneciendo en gracia santificante, sostenidos por los sacramentos, especialmente la Confesión y la Eucaristía.
María nos tiende el Rosario para que nos agarremos a él.
Padre nuestro… Pequé, Señor pequé…
Quinta Estación
El Cirineo ayuda a Jesús a llevar la Cruz
Te adoramos Cristo y te bendecimos…

Dice el Evangelio:
“Pasaba uno que volvía del campo, Simón de Cirene, el padre de Alejandro y de Rufo; y lo obligan a llevar la cruz”
Marcos 15, 21
Simón de Cirene es conocido de los Apóstoles. Saben su nombre y el de sus hijos. Sin duda, Jesús lo conoce y debió sentirse aliviado al verlo. También los fariseos saben que Simón de Cirene es amigo de Jesús y por eso le obligan a cargar con la Cruz.
La amistad con Jesús es condición para podernos acercar a la Pasión de Cristo, para comprender el misterio de la Cruz, para ser cirineos.
Somos cirineos que, viviendo en gracia santificante, nos unimos a Cristo en el dolor de la enfermedad, en los sufrimientos de la vida y en el cumplimiento del deber.
¿Podemos decirle: Cristo, cuenta con nosotros en la salud y en la enfermedad, en las alegrías y en las tristezas, en los tiempos fáciles y en los difíciles, en la vida y en la muerte, en el tiempo y en la eternidad?
Ayudados de la gracia divina, decimos: Cristo, cuenta con nosotros, incondicionalmente. Somos tus amigos.
Padre nuestro… Pequé, Señor pequé…
Sexta Estación
La Verónica enjuga el rostro de Jesús
Te adoramos Cristo y te bendecimos…

La Verónica es una mujer valiente que, en medio de tanta hostilidad e incomprensión, sin respetos humanos, se acerca a Cristo para tratar de aliviarle en su dolor. Con ternura femenina y maternal, le limpia el rostro con un lienzo blanco.
Ella le dice: Jesús mío. Cristo le responde: Gracias, hija, con una recompensa: el rostro del Maestro ha quedado grabado en el sudario que ella aprieta contra su corazón y besa, incansable.
Seamos valientes en medio del ambiente hostil e indiferente que nos rodea. No tengamos miedo. Acerquémonos a Cristo para enjugar su rostro amorosamente. Confesemos nuestra fe sin complejos. Seamos valientes hasta el martirio, si es preciso.
Y Cristo, agradecido, graba su Imagen indeleble en nuestra alma: es la vida sobrenatural, participación de la plenitud de gracia que santifica el alma de Cristo. Somos imagen —icono— de Cristo. Que sepamos guardar la imagen de Cristo grabada en nuestra alma como el mejor y único tesoro.
Padre nuestro… Pequé, Señor pequé…
Séptima Estación
Jesús cae por segunda vez
Te adoramos Cristo y te bendecimos…

Yo no sé si Jesús ya no puede más, si le empujan para mofarse de Él, si las dos cosas… pero cae en medio de un divertido alboroto. ¡Cuánta crueldad! ¿Quién se apiada de Ti? ¿Quién te ayudará a levantarte? ¿Es que no hay nadie que te eche una mano?
Jesús mío: lo que realmente te empuja brutalmente y te hace caer es nuestro pecado. Queremos echarte una mano, pidiendo perdón con dolor de corazón.
Perdona tanta blasfemia, burla y desprecio de tu Santo Nombre. Perdona tanto incumplimiento del precepto dominical y festivo, tanta desunión de matrimonios y familias que se rompen, tanto asesinato al calor del corazón de la mujer, tanta impureza, tanta mentira, tanta corrupción… tanto pretender vivir como si Dios no existiera.
Si acudimos al Sacramento de la Confesión, si centramos nuestra vida en la Eucaristía, si somos fieles cristianos, podemos acercarnos a Cristo, tenderle los brazos, levantarlo, aliviarlo… Él nos perdona y nos abraza con su amor misericordioso.
Padre nuestro… Pequé, Señor pequé…
Octava Estación
Jesús y las hijas de Jerusalén
Te adoramos Cristo y te bendecimos…

Narra el Evangelio:
“Lo seguía un gran gentío del pueblo y de mujeres que se golpeaban el pecho y lanzaban lamentos por él. Jesús se volvió hacia ellas y les dijo: ‘Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos’…”
Mujeres que seguían a Jesús se golpeaban el pecho y lloraban aparatosamente. Era una compasión natural y sensible.
Jesús les dice: hay que llorar el pecado con compunción de corazón. Nuestro pecado personal y social es la causa de la Pasión de Cristo. Nosotros, por lo tanto, contemplamos a Cristo y lloramos nuestro pecado, pedimos perdón.
Por eso decimos con dolor de corazón, contemplando a Cristo camino del Calvario: Señor mío Jesucristo, Dios y hombre verdadero, me pesa de todo corazón de haberos ofendido por ser Vos quien sois, Bondad infinita, de no abrirme al amor hasta el extremo que me estáis manifestando, de no corresponder a vuestro amor con mi entrega total desde mi estado de vida, de no proclamar vuestro amor en medio del mundo.
Señor, déjame decir y repetir: Tú lo sabes todo, sabes bien que te amo.
Padre nuestro… Pequé, Señor pequé…
Novena Estación
Jesús cae por tercera vez
Te adoramos Cristo y te bendecimos…

Jesús sigue imparable su camino hasta la crucifixión porque esa es la voluntad del Padre. En medio del ambiente irrespirable a su alrededor, cae por tercera vez, aplastado bajo el peso de la Cruz con su cuerpo maltrecho y mal herido.
Jesús no puede más físicamente. No hay quien se compadezca y le eche una mano. En todo caso, tienen miedo a que se muera antes de llegar al Calvario y lo ayudan a levantarse de la tierra.
Pienso en la mirada de Jesús llena de amor, de misericordia y de perdón que le hacía repetir:
“Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”
Lucas 23, 34
Experimentamos que la mirada y la palabra de Jesús se dirige a cada uno de nosotros. ¡Hemos pecado tanto! ¡Hemos caído tantas veces! Y eres Tú, Señor, el que nos tiendes la mano y nos levantas de tanta miseria.
Padre nuestro… Pequé, Señor pequé…
Décima Estación
Jesús es despojado de sus vestiduras
Te adoramos Cristo y te bendecimos…

Señor: Tú eres el Amor infinito y nosotros pretendemos despojarte del Amor que nos tienes. Tú eres la Misericordia que no tiene fin y nosotros pretendemos despojarte de la Misericordia que nos ofreces. Tú eres el perdón que olvida nuestros pecados y nosotros pretendemos despojarte del perdón que nos brindas, clavado en la cruz. Los verdaderamente despojados somos nosotros.
Concédenos ser revestidos de tu Amor, de tu misericordia, de tu perdón, de tu gracia.
Cristo: te necesitamos, aunque muchos quieran prescindir de Ti como si Tú no existieras. Pero Tú estás presente conduciendo la historia de cada uno de nosotros; quieres estar presente en el alma por el don de la gracia; estás presente en la Eucaristía como Sacrificio, Comunión y Tabernáculo. Tú no quieres abandonarnos. Cristo no nos abandona.
Padre nuestro… Pequé, Señor pequé…
Decimoprimera Estación
Jesús es clavado en la Cruz
Te adoramos Cristo y te bendecimos…

Señor, clavado en la Cruz. Gracias porque has cumplido tu palabra:
“Nadie tiene amor más grande que este de dar la vida por sus amigos”
Juan 15, 13
Gracias porque has lavado los pies a tus discípulos y nos entregas el mandato nuevo:
“Que os améis unos a los otros como yo os he amado, amaos también unos a otros; en esto conocerán que sois discípulos míos”
Juan 13, 14
Gracias porque has instituido la Eucaristía, prueba de amor hasta el extremo.
Concédenos: dejarnos amar por ti, amarte con todo nuestro ser y dar testimonio de tu amor.
Padre nuestro… Pequé, Señor pequé…
Decimosegunda Estación
Jesús muere en la Cruz
Te adoramos Cristo y te bendecimos…

Gracias, Señor. Con tu muerte, nos perdonas el pecado porque no sabemos lo que hacemos; prometes abrirnos las puertas del paraíso, si pedimos perdón; proclamas a tu Madre por Madre nuestra para que cuide de nosotros; cargas con el vacío que experimenta el hombre alejado de Dios; pides que saciemos tu sed con nuestra conversión; lo has dado todo por nosotros y has entregado tu espíritu al Padre.
En silencio, adoramos a Cristo, muerto por nosotros y por nuestra salvación…
Padre nuestro… Pequé, Señor pequé…
Decimotercera Estación
Jesús muerto en brazos de su Madre
Te adoramos Cristo y te bendecimos…

Bajan a Cristo de la Cruz. Ponen al Hijo muerto en brazos de su Madre. ¡Qué dolor más grande! Lo besa, lo abraza, sí, le habla: Hijo mío, te has dedicado a las cosas del Padre, ahora lo entiendo; has cumplido su voluntad y te has humillado, hecho obediente hasta la muerte de Cruz. Eres infinitamente bueno y misericordioso.
Y el dolor de la Madre se convierte en satisfacción y gratitud.
Acompañamos a María, Madre de Dios y Madre nuestra. Lo hacemos con el Rosario en el corazón, recordando agradecidos los misterios de la Redención. Con el Rosario en los labios, besando incansablemente a nuestra Madre con el Ave María. Con el Rosario en las manos, porque es la mejor arma en la vida y la mejor mortaja en la muerte.
Padre nuestro… Pequé, Señor pequé…
Decimocuarta Estación
Jesús en el Sepulcro
Te adoramos Cristo y te bendecimos…

Al anochecer, José de Arimatea, discípulo de Jesús, tomó el cuerpo de Jesús, lo envolvió en una sábana limpia y lo puso en un sepulcro nuevo excavado en la roca, nos dice el Evangelio.
Jesús es por excelencia “el grano de trigo” que cae en tierra y muere para dar mucho fruto. Es el fruto de la Redención de donde brota el perdón y la gracia, que nos hace partícipes de la naturaleza divina, nos introduce en la comunión trinitaria, nos convierte en hijos adoptivos de Dios y herederos de la gloria.
Quedamos en espera de la Resurrección que confirma nuestra fe en Cristo, apoya nuestra esperanza en el Dios que no puede fallar y estimulará nuestro amor “apasionante y apasionado” a Cristo.
Señor, Tú lo sabes todo, sabes bien que te amamos.
Para ganar la indulgencia plenaria: Padre nuestro… Pequé, Señor pequé…
Oración final
Señor, gracias porque nos has concedido este rato para estar contigo, para contemplar tu pasión y tu muerte redentora, para esperar tu resurrección, el triunfo sobre el pecado y la muerte.
Concédenos participar de los frutos de la redención. Sálvanos, llévanos contigo al Cielo para que seamos eternamente alabanza y gloria de la Santísima Trinidad.
Amén.
Vía Crucis según los Evangelios
- Jesús en el huerto de los olivos — Lucas 22, 39-46
- Jesús, traicionado por Judas, es arrestado — Lucas 22, 47-53
- Jesús es condenado por el Sanedrín — Lucas 22, 66-71
- Jesús es negado por Pedro — Lucas 22, 54-62
- Jesús es juzgado por Pilato — Lucas 23, 13-25
- Jesús es azotado y coronado de espinas — Juan 19, 2-3
- Jesús es cargado con la cruz — Lucas 23, 26
- Jesús es ayudado por el Cirineo a llevar la cruz — Lucas 23, 26
- Jesús encuentra a las mujeres de Jerusalén — Lucas 23, 27-31
- Jesús es crucificado — Lucas 23, 33-38
- Jesús promete su reino al buen ladrón — Lucas 23, 39-43
- Jesús en la cruz, la Madre y el discípulo — Juan 19, 25-27
- Jesús muere en la cruz — Lucas 23, 44-47
- Jesús es colocado en el sepulcro — Lucas 23, 50-54
Cf. L’Osservatore nº 1998 (2007), p. 200
Nuestros sentimientos al pie de la Cruz
Perdonar porque Cristo perdonó.
Abrirnos las puertas del Cielo construyendo una nueva civilización en la verdad y el amor.
Llenar el vacío de Dios con el compromiso de consagrar el mundo.
Vivir y morir en la gracia de Cristo.
En brazos de la Virgen Madre, con el Rosario en el corazón, en los labios y en las manos.

Cristo, diciendo esto, expiró
Cristo: déjame acercarme, contemplar, adorar tus llagas… y decirte:
No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido;
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.Tú me mueves, Señor; muéveme el verte
clavado en esa cruz y escarnecido;
muéveme el ver tu cuerpo tan herido;
muéveme tus afrentas y tu muerte.Muéveme, al fin, tu amor, y en tal manera
que, aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.No me tienes que dar porque te quiera;
pues, aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.
Y nos quedamos acompañando a nuestra Madre la Virgen en su dolor, en su soledad y, sobre todo, en la esperanza cierta de la resurrección del Hijo.
