PASCUA – CICLO B
LA DIVINA MISERICORDIA.
Con María,
seguimos contemplando a Cristo resucitado que nos ofrece el Sacramento de la
Reconciliación como don pascual. Es la misericordia divina que sale a
nuestro encuentro para perdonar los pecados personales y restaurar nuestra
vida sobrenatural.
PRIMERA LECTURA. Hechos de los Apóstoles, 4, 32-35.
Los efectos de la Resurrección de Cristo.
Los Apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor con mucho valor. Esto es, confiesan valientemente su fe en Jesucristo ante los tribunales y ante el pueblo al precio del martirio.
El grupo de los creyentes vivía en comunión con Cristo: todos pensaban y sentían lo mismo. Consecuentemente, compartían los bienes materiales: lo poseían todo en común y nadie llamaba suyo propio nada de los que tenía… Ninguno pasaba necesidad, pues los que poseían tierras o casas las vendían, traían el dinero y lo ponían a la disposición de los Apóstoles; luego se distribuía según lo que necesitaba cada uno.
Todos eran muy
bien vistos. El dar testimonio de Cristo comporta una vida honrada y
ejemplar en la familia, en los deberes del propio estado, en la sociedad…
Invocación mariana.
Madre de Dios y Madre nuestra: Tú eres la Virgen valiente al pie de la Cruz, en el Cenáculo y en toda tu vida porque eres la llena de gracia y testigo excepcional de la Resurrección de tu Hijo. Por eso, atiendes a tus hijo en las necesidades espirituales y materiales.
Enséñanos a vivir en comunión con Cristo, tu hijo, para servir a nuestros hermanos necesitados de alma y de cuerpo.

SEGUNDA LECTURA. Primera carta de San Juan, 5, 1-6.
El cristiano auténtico.
Es cristiano auténtico el que cree en Jesucristo, el que ama a Dios, el que todo lo hace por amor a Dios.
Es cristiano auténtico todo el que cree que Jesús es el Cristo porque ha nacido de Dios. Se trata de creer en Jesucristo con fe viva como nacido de Dios, esto es, como hijo de Dios que participa de la vida divina por la gracia santificante.
Es cristiano
auténtico el que ama a Dios como el hijo a su padre. Por lo tanto, cumple la
voluntad de Dios y guarda sus mandamientos por amor. El amor motiva, da
forma y autentifica la vida del cristiano.
El cristiano auténtico vence al mundo.
El cristiano
auténtico vence al mundo porque vive en comunión de vida con Cristo, porque
cree que Jesús es el Hijo de Dios, porque ha sido bautizado en Él con agua y
con sangre.
Invocación mariana.
Madre de Dios y Madre nuestra: Tú eres excepcionalmente redimida, portadora de Cristo, vencedor del mundo. Enséñanos a perseverar en la gracia que nos redime y a vivir entregados al amor de Dios para que toda nuestra vida sea una respuesta de amor.
TERCERA LECTURA. San Juan 20, 19-31
La Misericordia divina.
La Misericordia del Señor se manifiesta a los Apóstoles en la aparición del día de la Pascua y se repite a los ocho días. A su vez, los apóstoles han de ser portadores de la Misericordia del Señor que se prolonga en la Iglesia. Nosotros, también recibimos la misericordia del Señor y hemos de comunicarla.
Los apóstoles
tienen miedo a los judíos y asimismo se sienten avergonzados por haber
dejado sólo al Maestro. Por eso, Cristo misericordioso sale a su encuentro
para transmitir paz, Paz a vosotros, y confirmarlos en la certeza de
la resurrección mostrando las llagas, ahora luminosas. Y los discípulos
se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús saldrá también al
encuentro de Tomás ocho días después para confirmarlo en la certeza y en el
gozo de la Resurrección: Señor mío y Dios mío.

El sacramento de la Misericordia.
Cristo resucitado sigue saliendo al encuentro de cada uno de nosotros para ofrecernos los frutos de la Resurrección. Nos hace el regalo del sacramento de la Reconciliación. Dice a los Apóstoles: Recibid al Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.
Por la virtud de la Resurrección, el sacramento de la Penitencia nos resucita a la vida sobrenatural frente a la muerte del pecado mortal y a la debilidad del pecado venial, y fortalece la voluntad para perseverar en el bien. Es el Sacramento de la Misericordia. Hemos de acercarnos a él con frecuencia.
Cristo
resucitado sale a nuestro encuentro en el Sacramento para arrancarnos de la
muerte y ofrecernos la paz. Si lo acogemos, no tendremos miedo. Rebosaremos
de alegría. Seremos testigos de Cristo resucitado en medio del mundo. ¡Qué
grande es la Misericordia del Señor!
María Madre de la Misericordia.
Señora del Rosario, Madre de la Misericordia, enséñanos vivir unidos en la fe, en el amor, en el gozo y en la paz de Cristo resucitado, a dejarnos bañar por su misericordia en el sacramento de la Reconciliación y a ser testigos de misericordia.